Escuchas
Francisco no es Perón
Por Gonzalo Fiore Viani
El Papa tiene demasiados frentes abiertos como para ocuparse específicamente de las internas argentinas. Lo que en realidad sucede es que las cuestiones que nos afectan, son muchas de las que también aquejan al planeta.

A pesar de que cierto sector del análisis político argentino pueda sufrir un fuerte exceso de literalidad, el Papa Francisco no participa directamente de la interna política nacional. En las escuchas, el ex embajador ante la Santa Sede Eduardo Valdés, dice que el Sumo Pontífice "de hecho lo está haciendo", cuando el ex Ministro de Transporte Juan Pablo Schiavi le dice que cree que "es el único que puede decir algunas cosas que ordenen el gran frente opositor que necesitamos. Es el único con poder". A lo que se refiere el diplomático argentino es que mediante su discurso, sus gestos, y sus formas cargadas de simbolismo, Bergoglio funciona como gran aglutinador de un sector importante de la oposición.

Las fuerzas políticas que reivindican la figura de Francisco lo hacen porque, de manera inédita en la historia, no sólo se trata de un Pontífice argentino, sino también de un hombre con un discurso de fuerte contenido popular. Con un corpus ideológico solido, contrario a la idea de que el capitalismo ya no admite discusiones. Un capitalismo que necesariamente debe buscar un rostro más humano. Una "casa común", que debe ser protegida a riesgo de convertirse en inhabitable en las próximas décadas.

A pesar del ombliguismo que muchas veces nos caracteriza, cuando Francisco se refirió en Roma el pasado 6 de junio a la guerra jurídica, o "lawfare", no lo hizo pensando estrictamente en Argentina. Fue, además, extremadamente oportuno debido a que tan solo una semana después de sus declaraciones salieron a la luz las filtraciones de las conversaciones sobre la causa Lava Jato entre el ex juez Sergio Moro y el jefe del Ministerio Público Fiscal brasileño. El accionar de la justicia con intencionalidad política es un factor común de la realidad de muchos países latinoamericanos en los últimos años.

Cristina Kirchner compartió un video corto de Francisco leyendo el documento contra el lawfare en sus redes sociales. Hacía algunos meses había hecho lo propio compartiendo un fragmento de una entrevista que el Papa le había concedido a un programa español, Salvados, donde se refería a la responsabilidad que tienen los medios de comunicación a la hora de ser coherentes con la información que se trasmite. Estas dos discusiones van hoy más de la mano que nunca. Sin las fake news, la guerra judicial carecería de uno de sus pilares fundamentales.

Desde su asunción en 2013, no son pocos los sectores políticos y mediáticos argentinos, especialmente los ligados al actual oficialismo, que creen que el Vaticano funciona como una especie de Puerta de Hierro del Siglo XXI. Lo cierto es que Francisco tiene demasiados frentes abiertos actualmente, tanto internos como externos, como para ocuparse específicamente de las internas políticas en Argentina. Lo que en realidad sucede es que las cuestiones centrales que afectan al país son muchas de las que también aquejan al planeta.

En las últimas semanas, especialmente previo a las elecciones parlamentarias europeas, se recrudeció el enfrentamiento que Francisco sostiene contra el hombre fuerte del gobierno italiano, Matteo Salvini. El vicepresidente del Consiglio de Ministros es uno de los principales líderes de la extrema derecha europea. Mantiene un caudal de popularidad como hace tiempo no se ve en Italia. Sus políticas son particularmente duras para con los inmigrantes. Pero a su vez, despotrica contra lo que considera "las élites", los grandes bancos y las políticas de austeridad pautadas desde la sede de la Unión Europea en Bruselas.

El discurso de Salvini apela a los italianos de a pie al mismo tiempo que rechaza todo lo que tiene que ver con las minorías, que considera el verdadero mal de estos tiempos: el colectivo LGBTIQ+, los inmigrantes, especialmente árabes y africanos, y todo lo que tenga que ver con el "progresismo" son sus enemigos declarados. Francisco tampoco se inmiscuye específicamente en cuestiones internas de la política italiana. Sin embargo, sus constantes declaraciones a favor de los refugiados, de los de abajo, de quienes quedan afuera, han hecho de él uno de los blancos preferidos de los ataques de Salvini y sus seguidores.

Tan solo durante el transcurso del año 2018, según datos del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), el número de migrantes muertos en el Mediterráneo superó la cifra de los 2000. En lo que fue claramente un acto de provocación, durante la campaña electoral, frente a la iglesia más importante de Milán, el líder de ultraderecha se jactó de haber reducido el número de muertos en el Mediterráneo "como quiere el papa Francisco". Al escuchar el nombre del argentino, los salvinistas abuchearon.

Francisco ha dicho que no debe llevarse adelante una política que tenga como base el odio y la exclusión. Sin nombrarlos, es un claro rechazo no solo a Salvini, sino también a todos los representantes de la extrema derecha -que lejos ya de ser apenas un fenómeno europeo- amenaza con extenderse por el resto del planeta. Al igual que en el caso de Italia, el jesuita no tiene que decir abiertamente qué clase de políticas no acepta en Argentina. Más allá de lo que se pueda decir tan livianamente, sin absolutamente ninguna prueba concreta, debería estar más que claro a estas alturas que ni el Vaticano es Puerta de Hierro, ni Francisco es Perón.

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