Empresas
Argentina: un país que desalienta la inversión privada

La ilusión que genera progresar en el exterior es inversamente proporcional a la desilusión que se siente al saber que intentar crecer de la misma manera en mi país sería casi imposible. Lamentablemente, hay una serie de factores muy arraigados a la realidad argentina que desalienta cualquier idea de inversión, principalmente desde el exterior.

Llegué a Inglaterra en 2009 y después de trabajar cuatro años en dos de las compañías más grandes en el rubro aeroespacial, decidí crear mi propia empresa de distribución de repuestos para motores de aviones comerciales. El proceso de alta duro tan solo 48 horas, en dos días Aeroset pasó de ser un deseo a conformar una realidad.

Evidentemente, los plazos y requisitos en países como Inglaterra son más cortos, los procesos legales más sencillos y accesibles, por lo cual bastó la decisión personal y un capital inicial para que Aeroset fuera empresa constituida y en marcha. No imagino, aunque desee, un proceso de estas características en Argentina, donde las formalidades y formulismos son interminables y el costo de los trámites hacen que sea necesaria un aporte adicional de capital para establecerse.

Es cierto que en algunos países es más fácil que en otros, pero la idea de intentar primero establecerse en el país de origen está latente. Si allí no se logra, pero existe la posibilidad de hacerlo en otro lugar, donde haya reglas claras, ¿por qué no intentarlo?

La pandemia puso a la economía del mundo un freno y muchas regiones verán una caída en su PBI, gran parte de él también afectado a la asistencia social, dinero destinado a inyectar los mercados internos y la producción, que reactive la demanda de productos y servicios.

Algunos países verán -y de hecho ya están viendo- una rápida recomposición en los niveles de consumo. Si pensamos en economías donde la inflación ronda el 2% anual y países como Inglaterra donde el último indicador mensual de precios fue de -0,4%, esto es perfectamente posible.

Argentina, con sus casi 3 puntos de inflación mensual hace inviable pensar en la inversión local, ya que esa inflación indefectiblemente lleva al cada vez mayor y más rápido exterminio de la clase media, ya de por sí castigada por, entre otros factores, los elevados montos de los impuestos, la alta informalidad del mercado laboral que impide el acceso a salarios acordes y la suba constante de los productos básicos. Y si la clase media, motorizadora del consumo, se empobrece, ¿quién compra bienes y servicios?

¿Qué empresa invertiría en un país que, a la altísima carga impositiva, le añade incertidumbre económica y presupuestaria? ¿Cómo planifica la inversión en un país donde las referencias en los costos son volátiles? ¿Qué seguridad tendrá de que puede reinvertir sin pagar el costo del desfinanciamiento? ¿A qué herramientas podría acceder?

Estas respuestas, que debieran surgir de la política y de la economía detrás de un plan diseñado desde la gobernación, hoy no aparecen. La mezquindad de la pelea de formas deja de lado la necesidad de la discusión de fondo: la necesidad de darle a la Argentina el marco legal para atraer inversores, sea cual fuera su origen y su rubro.

Ojala pronto llegue ese día, donde el inversor deje de ser visto como el enemigo; para ser reconocido como una herramienta central para activación económica y social en nuestro hermoso país. 

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