Sociedad y Estado29.03.2018
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¿Cómo decir que NO?
Por Martín Rodríguez
La sociedad civil desborda a la política. Feminismo, cartoneros y un país de manta corta.

El gobierno de Cambiemos lleva más de dos años. Después de 35 años de democracia puede decir que: no sufrió levantamientos militares, ni una corrida cambiaria, ni un lockout patronal, ni hiperinflación, ni saqueos, y que ganó la elección de medio término. Desde 1983 hubo tres gobiernos no peronistas. El de Alfonsín, que sufrió trece paros generales (un paro cada 6 meses), el corto de De la Rúa, que sufrió nueve paros (uno cada 3 meses). Macri hasta ahora apenas sufrió un paro general (lo que le da: un paro cada 15 meses). Es el gobierno "no peronista" que menos paros generales sufrió. Como todo poder con oposición débil: los mayores problemas se los infligió a sí mismo. La obsesión por tener a Cristina enfrente hace que incluso cuando Cristina no hable la hagan hablar a través de "escuchas" que un periodista difunde alegremente y que no aportan absolutamente nada.

El peronismo inventó su consigna: "hay 2019". Parece el escrito de los mineros chilenos: "estamos bien, los 33". Ya se sabe: el gobierno en 2019 pretende reelegir y lo cree posible sosteniendo este equilibrio finísimo entre "crecimiento invisible" y fragmentación peronista. Tiene desatada una interna con radicales que, es seguro, buscan que el próximo vice lleve la boina blanca. Difícil. Lo que el peronismo intenta romper es la inercia que hace a la mayoría de la minoría política creer que la reelección de Macri, Vidal y Rodríguez Larreta está asegurada. Cosa que pondría las perspectivas de este modo: la política recién "vuelve" el 11 de diciembre de 2019, cuando Macri inicia la gestión como pato rengo y se vuelve poroso todo, hasta la propia interna de Cambiemos.

El peronismo inventó la consigna "Hay 2019", que parece el escrito de los mineros chilenos: "Estamos bien, los 33". Ya se sabe, buscan romper la inercia que hace a la mayoría de la minoría creer que la reelección de Macri, Vidal y Larreta está asegurada. 

Las internas del peronismo alcanzan dos estatus constantes que se repelen: la apelación a un supuesto "poder de los gobernadores", basado en que si ponen a uno de candidato se hace más competitivo en un virtual balotaje (un gobernador lo más desconocido posible, apelando al "si no lo conocés, lo votás") y la discusión "manta corta" en torno a Cristina y la soirée del piso y el techo (sin ella no alcanza, con ella no alcanza), acertijo que aún domina el comentario de pasillo en los palacios que le quedan al peronismo. Es la tensión ideológica entre "populismo" y "pragmatismo" que diluye la posibilidad de ofrecer un "proyecto".

En estos dos años el límite al gobierno no parece haber sido puesto ni por el "colaboracionismo" opositor (aunque haya reducido el daño de muchos proyectos) ni por la radicalidad política (que mostró mejor piso electoral frente al oficialismo). Algo fuerte vino por el lado de la sociedad civil. ¿Existe? Margaret Thatcher decía que no. Pero que las hay, las hay.

¿Qué significa que los límites vinieron por el lado de la sociedad? Digamos que no es fácil después de tantos años separar lo político de lo social. No es que se sabe dónde termina una cosa y empieza la otra, no es que hay una "sociedad libre de humo". Hablo de este festival de la doma de la sociedad argentina que es la política post 2001. Mucho de lo social se presenta por derecha "sospechado" de político ("tal paro es político", se suele decir) e incluso la tapa de Clarín el 25 de marzo, en la que adjudica al kirchnerismo la ocupación íntegra de la marcha del 24, va en esa dirección que mantiene inalterable la confusión de un discurso anti político y anti kirchnerista, que no es lo mismo pero es igual.

El movimiento faminista

Tampoco nos conformamos con la dicción ilustrada que pretende iluminar con que "todo es política", y que finalmente, y al revés del dicho, redunda en un gran bosque de ideas que tapa los árboles concretos (el dólar como "problema cultural" antes que nombrar la restricción externa). Pero veámoslo de otro modo: los temas concretos que someten la atención y no son "impuestos" del todo ni por el gobierno ni por una fracción opositora determinante, aunque tengan ligazones obvias y constantes con el mundo político. 

El movimiento feminista reviste en una suerte de modelo: logra comprometer la agenda política, y muchos sectores políticos se arriman en busca de una "fórmula exitosa". Se revive, de algún modo, la vieja discusión de los años 90 entre "lo social y lo político", aunque en este caso convenga que el feminismo le diga a "lo político" (a favor de su política) lo que dicen que le dijo Maradona a Verón en 2010: "te necesito más afuera que adentro". Se suman a esta serie los derechos humanos, las resistencias sindicales al ajuste previsional y laboral, el aborto (a favor y en contra), y así. No estoy enumerando lo que arroja un estudio de opinión. Es un relevamiento a ojos cerrados de distintos temas sin "igualarlos". Hay puntos de contacto entre estas agendas. Veamos alguno.

El feminismo revive la vieja discusión de los 90 entre los social y lo político, aunque en este caso convenga que el feminismo le diga a "lo político", lo que le dijo Maradona a Verón en 2010: "Te necesito más afuera que adentro".

Si una de las perspectivas que se impone como nueva visión es el no reconocimiento al "trabajo doméstico" que realizan millones de mujeres (cuidado de niños, de ancianos, limpieza, etc.), también la CTEP, esa rama sindical que aúpa expresiones de la economía popular, impulsa el reconocimiento de tareas productivas que no son vistas como "trabajo" estrictamente o que viven en el fondo de la informalidad. 

Las cooperativas de cartoneros que participan de la industria del reciclado donde se embolsan millones de pesos en ganancias son desde hace años el eslabón débil o la mano de obra barata de una industria que nace en esa "recolección" y termina en grandes papeleras que venden insumos para las industrias. Uno puede ir a una papelera, hablar con un gerente o ceo atildado, que trabaja sobre un insumo que los pobres trabajadores recogen en la calle. Por supuesto que se ha avanzado en la legislación y hoy los "recuperadores urbanos" (tal el nombre formal de los cartoneros) en muchos casos gozan de un estatus mejorado. O el recientemente recuperado sindicato de ladrilleros (UOLRA) que recorre el país en busca de hornos caseros o informales donde en muchos casos se explota a trabajadores, niños, etc. El sindicato se aseguró presencia en 17 provincias pero cuenta con apenas el 10% de los trabajadores registrados. Se trata de alumbrar zonas opacas del tejido social y productivo.

¿Cómo decir NO?

Podríamos decir que un coro heterogéneo que va del movimiento feminista, a la CTEP y a los curas villeros (por nombrar algunos) expresan distintas formas de decir que NO en este tiempo. Y lo pueden hacer porque pueden dar testimonio, son verosímiles. También podríamos decir que toda oposición es portadora del NO frente al SÍ que expresa todo oficialismo. Viene bien el ejemplo chileno de 1988, aquel viejo plebiscito. Hay una película que narra aquella epopeya y que se centra en un aspecto: ¿cómo comunicar "positivamente" el NO? ¿Cómo utilizar las herramientas publicitarias que circulaban en esa economía de mercado para derrotar justamente a la dictadura que las sostenía? Elaborar lo que el propio Cobos intuyó en 2008: ¿cómo decir que no sin decir no? El "no positivo".

El desafío de la oposición: ¿Cómo hacer que ese NO flotante de la sociedad, un SI? 

El publicista ideólogo de la campaña del NO chileno es un joven hijo de exiliados que trabaja en Santiago en una empresa de publicidad y televisión, y que acepta trabajar clandestinamente para el comité del NO, formado por partidos de centro e izquierda opositores al régimen que, en 1988, vivía su deshielo. Lo jugoso es obvio pero bien resuelto: el choque generacional que tiene ese heredero de las izquierdas (modernizado por los lenguajes de la publicidad) con la cultura política de sus mayores (con las heridas aún abiertas). Les muestra un spot publicitario que parece una propaganda de Coca Cola mientras los viejos guerreros de la resistencia esperan ver en pantalla la sangre derramada. Es el desafío de la oposición política actual en Argentina: ¿cómo hacer de ese NO flotante de la sociedad y sus expresiones, un SÍ? ¿Qué le ofrecen?

Recuperemos una palabra: eso que actúa como "sociedad civil" impone sus temas "transversales", que exigen posicionamiento político. Casi todo lo que pasó en la llanura tuvo una dirección: pedir más derechos. Incluso parte de la sociedad afín al gobierno sintoniza con su discurso que señala con el dedo acusador a "beneficiarios" o "privilegiados", y se puede ver en ese hilo una contraseña popular: contra los que cortan rutas, contra los planes, contra los sindicatos, etc.; pero es más difícil completar esa sintonía en la pérdida de derechos. De modo que reutilicemos la metáfora: el apoyo que el gobierno recibe (aún alto) es dentro de una sociedad que se puede representar también con la "manta corta". Acompaña hasta que la destapan. Se ve en el tarifazo o el recorte a los jubilados. Macri se volvió fanático de su idea de gradualismo porque se explica a sí mismo que sólo de a poco se puede destapar y cubrir, avanzar y retroceder, y mover los límites de esta sociedad donde nadie se baja del caballo.

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Perdí el tiempo con esta nota
que el pueblo se deje de joder, dejen gobernar
dice el periodista.