Cambiemos
El evangelio según Marcos
Por Martín Rodríguez
Mi éxito, dirá, no es solucionar la crisis, sino ganar a pesar de ella. Bueno para él, horrible para los argentinos.

El Evangelio según San Marcos es el más antiguo del Nuevo Testamento. Y a su modo, el más popular y elemental, el primero, escrito alrededor del año 71, "base" de otros evangelios decisivos, como el de Mateo. Cuando el verbo se hizo carne. Marcos Peña también es el primero de ese "nuevo evangelio" político que, aún con su obsesión de novedad, suena ya un poco veterano. Su relato también es una "reflexión" sobre el tiempo, pero distinto a nuestro Marcos bíblico, porque acá para Peña lo histórico nunca determina. Su reaparición en entrevistas en dos diarios (Clarín y La Nación) un fin de semana de marzo pareció completar el cierre de un círculo: "volví para decir que nada cambió, que estoy acá, que no hay un plan B". La corrida cambiaria que desató una crisis económica insondable apenas significó su salida de las luces mediáticas por un rato, incluso para simplificar su tarea, "ahora se hace cargo de menos cosas, pero de las más decisivas", dice uno que lo rodea.

Su lengua en estas entrevistas tuvo el registro de siempre y sonó oxidado: equipo, crisis, gestión, "escuchamos", y también la defensa de la grieta más conceptual y explícita que se recuerde. Pero como si hablara aburrido del argumento de su propia película: la repetición de esas palabras hizo el ruido de su mecánica gastada. Se presentó para despejar cualquier duda que corra el eje de que en 2019 se buscará retener lo que se tuvo: Nación, PBA y CABA, con sus "candidatos naturales". Mensaje incluido para Vidal. Para el resto del mapa, Cambiemos reduce la estrategia a derrotar al kirchnerismo con quien sea, como sea, con propios o ajenos.

¿Qué valor le pueda dar Marcos Peña a la rebelión radical? ¿Qué es un partido político para Peña? Un piano que no pudieron mudar. Como en Neuquén o Córdoba, con cualquier antikirchnerismo alcanza, sean radicales, peronistas o MPN.

Imaginemos el valor que le puede dar Marcos Peña a la rebelión radical. ¿Qué es un partido político para Peña? Un piano que no pudieron mudar. Como en Neuquén o como en Córdoba, con radicales, con peronistas o con MPN, cualquier anti kirchnerismo alcanza. La grieta tiene ese atajo: el oficialismo como oposición de la oposición. Si la lectura opositora sobre la elección de Neuquén pasó de una ultra nacionalización de la elección (Rioseco repitió que Gutiérrez es Macri) a una ultra localización de sus resultados ("Gutiérrez le ganó a Macri"), el traspié evidencia no sólo la particularidad neuquina que nadie quiso ver (el MPN de pantalones largos), sino la evidencia de que la fuerza de la grieta es metropolitana, a lo sumo bonaerense, y se debilita tierra adentro.

Marcos sentado en el puff de su ideología dice que la grieta es de la sociedad, que es de abajo hacia arriba. Y que ellos no pueden no representarla. Se colige lo obvio: Cristina es lo que aman odiar, se corresponden con ella en un juego de espejos que construyeron entre los dos. Peña dice, palabra más, palabra menos, que habría un tercio de la población que comparte la visión del mundo kirchnerista, un tercio que comparte la visión de Cambiemos; y que habría otro tercio de ciudadanos pendientes de su metro cuadrado y su bolsillo. Palabras literales. Ese tercio que no entra en la polarización serían más blandos que el agua, y Peña los trata con el desprecio que los generales de una guerra reservan para los indiferentes.

Se sabe lo que pasa: a Cambiemos no lo desvive la "mayoría" sino el triunfo electoral. Pero las novedades políticas de Neuquén y Córdoba hacen más vidrioso el deseo de una política que se organiza en la alteridad. Cada provincia es un mundo. Sin embargo, conforme lo dicho, salvo "el dólar", Marcos sigue con su plan. Por supuesto que la grieta está en la sociedad, pero en palabras de Peña eso significa sólo la eterna tercerización de la decisión de poder: "nosotros la recibimos y estamos obligados a representarla" (lo que significa, además, como dijimos, multiplicarla). Así, no hay voluntad, sólo hay realismo macrista. Sigamos.

Venezuela en Argentina

Cristina vive su hora decisiva bajo la extraña forma de una "proscripción": ejecutada en la saturación de su nombre. Si la "Revolución Libertadora" del 55 prohibió nombrar a Perón por ley, el oficialismo actual parece montado en una ley que prohíbe no nombrarla. Basta ver el desempeño mediático de la quinta de periodistas que chatean con el presidente. Desde 2015 este ha sido el juego sobre ella: la sobre-exposición de su figura más que la proscripción de su cuerpo. ¿Y el juego de Cristina? Por lo pronto su irrupción y silencio, que le aseguran estar siempre en escena.

Pero al dilema kirchnerista lo tradujo el politólogo Pablo Knopoff: "todo lo que multiplicás por kirchnerismo da kirchnerismo". Esa pregunta organiza sus itinerarios discursivos incombustibles por lo menos desde 2013, cuando ocurrió la primera derrota, y desde la cual se repite la ecuación de tener la minoría más sólida de la política pero no ganar. Es con más kirchnerismo, no con menos versus es con menos, no con más. El consultor político Ignacio Ramírez simplifica las opciones opositoras: se empieza desde la izquierda a la captura del centro o desde el centro a la captura de la izquierda. Y la unidad, dice Ramírez, puede ser una loable tarea política pero no electoral. Una "condición", como repite uno de sus mentores más selectos. Pero el hombre que está solo y espera no espera la unidad del peronismo. Espera saber a quién votar y por qué.

Paradójicamente a sus metáforas dramáticas ("unidad hasta que duela", "tragar sapos") la idea de "unidad" actual se elabora con un discurso de frases cuya ley de hierro parece: hay que decir cosas con las que "no podés no estar de acuerdo". Y eso que parece la solución es el problema. Ese canto al consenso propio puede sonar improductivo, estéril, intrascendente, tal vez porque una unidad verosímil requiera de romper tabúes y pactos de silencio. Como una pareja que se divorció y vuelve a intentarlo. Como cantaba Piero: "hay que sacarlo todo afuera". Clarín, soja, campo, Venezuela, ética pública, clase media. Las palabras malditas. La sociedad argentina post 2015 fue una máquina de producir hechos: feminismo, economía popular, evangelismos, trabajadores precarizados, mano dura... Es decir: fue una máquina de poner temas arriba de la mesa. E incluso algo más que no fue tomado por los radares activos de la "crónica sensible": los miles de inmigrantes venezolanos subidos a bicicletas que forman la mano de obra de nuestro capitalismo de plataformas (Rappi, Glovo). Eso es "Venezuela en Argentina". La tropa de ese capitalismo que, en espejo invertido con la economía popular que representa la CTEP, también desea una "explotación sin patrón" (escondiéndolo). De trabajadores a colaboradores. Se vieron tuits de militantes argentinos que desdeñan a esta población por ser los fugitivos de clase media del chavismo. Nuestros sommeliers de víctimas deberían apuntar que cada marcha en Argentina contra el "golpe a Maduro" es una convocatoria de militantes de izquierda argentinos, y cada marcha en Argentina contra Maduro son miles de venezolanos migrantes a grito pelado. Muchos de los cuales te llevan el pedido a casa. Dicho fácil: aunque cueste y parezca más larga la unidad se construye mejor sin dejar ningún ideal en la puerta del Congreso Partidario. Cada cual con lo suyo, con lo que es.

Clases medias en ojotas

Por lo que se ve, la irrupción de Lavagna desubica a Massa, el eterno tercero en discordia de la grieta. Algo así como el amante que sostiene el equilibrio de este "empate político hegemónico" que llamamos grieta. Un político construido desde la grieta como "punto medio". Corea del Centro, según las redes sociales. Massa es un acumulador de expectativas que malgasta. Se convirtió en 2013, tras su triunfo, en un promotor de "poder futuro". Como la venta de dólar futuro, Massa fijó en su triunfo seguro la venta de un poder que se auto-consumió. Desde ahí, se mueve como si siempre estuviera a punto de salir su número.

Massa es el eterno tercero en discordia de la grieta, algo así como el amante que sostiene el equilibrio de este "empate político hegemónico" que llamamos grieta. 

Las especulaciones sobre la candidatura de Roberto Lavagna parecen orbitar sobre una pregunta indolente que no hace pie en la búsqueda de un Mesías sino más bien en otra más descarnada y pragmática: "¿dónde hay un político para sacrificar?". Lavagna no es Massa. Porque lo que viene no es un gobierno estrictamente de "buenas noticias". Es un gobierno que, si es opositor, requerirá de un volumen político robusto y dispuesto a pagar costos. El rechazo a su candidatura como una candidatura del establishment o de Techint era previsible. Y muy corto en su alcance: nadie gobierna ni gobernó la Argentina atado a un solo compromiso corporativo. El nombre de Lavagna en esta "tercera posición", convive con otros personajes "de-afuera-de-la-política" como Facundo Manes, Marcelo Tinelli o el porteño Matías Lammens. Parecen manotazos antagónicos pero coherentes: ¿cómo sacar recursos de lo más afuera de la política y de lo más adentro de la política para sacar a la política de donde está? Atravesar el agotamiento de la grieta con "novedades" o con "reliquias" del siglo 20 que vengan a superar las novedades pasadas (kirchnerismo y macrismo). 

Las chances de una "tercera posición" es que se debilite uno de los dos pesos pesados, cosa que, casi todos los consultores salen corriendo a decir al unísono no-está-ocurriendo. Lo cierto es que aparece con la promesa de pensar la crisis en una clave sin alteridad: como un problema a solucionar, como un "argentinos a las cosas", y no como una cultura política en la que vivir. Porque la grieta organiza cómo vivir en la crisis, no cómo salir de ella.

Así, en este escenario, funciona el recitado oxidado del evangelio de Marcos Peña. Los periodistas que lo entrevistan son hablados por una de las condiciones esenciales de la comunicación macrista: "¿cómo se gana una elección en crisis?". Esa pregunta "teórica" desata su pasión: más que el jefe de gabinete, se presenta como el jefe de campaña. La razón de ser de la comunicación política de la "derecha" (¿cómo se comunica un ajuste?, ¿cómo se separa a la sociedad de su economía?). Marcos Peña dice que lo que se vota es "más profundo" que el último número de inflación. Mi éxito, dirá, no es solucionar la crisis, sino ganar a pesar de ella. Bueno para él, horrible para los argentinos. 

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Qué analogía tan equivocada, al calificar de Evangelio a las cosas tortuosas que maquina este personaje.
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Muy bien. Volviste!
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Me gustó, muy buena la editorial.
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Que raro que aún no comento ningún empleado de peña en esta nota jaja.
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Muy buen texto!, y muchas verdades lamentables......