España03.10.2017
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Cataluña y la frontera de la razón
Por Milton Merlo
El gobierno de Rajoy demostró una falta de liderazgo político que pone a España al borde del desastre.

La semana pasada JP Morgan abandonó su headquarter de la city londinense. Siguió los pasos de otras grandes firmas de inversión a las cuáles ya no les es estratégico estar afincadas en un país que dejó la eurozona. Sin prisa pero sin pausa, se van cumpliendo las peores predicciones del efecto del Brexit. Tal vez la más rutilante la sentenció meses atrás el Financial Times: en dos años el centro financiero de Europa será de Alemania y ya no Reino Unido. Un drama si se considera que gran parte del PBI inglés son los servicios financieros. Esto sumado a otros augurios ,aún más oscuros, como los que tienen que ver con la seguridad.

Los ingleses que salieron a votar por el Brexit mezclaron el fondo de la discusión con un referendum contra el gobierno de David Cameron que, por estas horas, tiene su réplica exacta en la figura de Mariano Rajoy en España. Así como Cameron menospreció el Brexit y tuvo una carencia absoluta de liderazgo político, Rajoy hace lo mismo con Cataluña y la crisis desatada ayer en Barcelona cuyas imágenes dan vuelta al mundo.

Igual que Cameron, Rajoy manifestó una falta de cálculo y de audacia para entender el conflicto catalán que ahora pone en juego el futuro de la cuarta economía de la eurozona. Se limitó a decir que el referéndum separatista era ilegal según lo declarado por la justicia española y trasladó la responsabilidad a todos menos a él mismo. Guardia civil, partidos del parlamento, empresarios, la prensa, todos presuntos responsables menos Moncloa.

La misma actitud de José Luis Rodríguez Zapatero cuando tuvo que lidiar con el issue catalán. Zapatero eludió este tema por una cuestión casi ideológica, Rajoy en cambio nunca entró de lleno porque le preocupa que un exceso discursivo ponga en jaque a la muy endeble coalición que lo soporta como jefe de gobierno en el Parlamento. Uno por pensamiento y otro por conveniencia, en este tema están demostrando la incapacidad de la clase política española para resolver un tema que carcome al país.

Nunca hubo una estrategia en Madrid hacia adentro de España y hacia afuera para hacer entender a los catalanes lo que implica la independencia en términos económicos. Emmanuel Macron solo apareció horas antes para decir que Francia no reconocería al nuevo estado. El eje del debate separatista se centra en cuestiones de animadversión contra el gobierno del PP, en asuntos culturales e históricos y en quejas contra la política fiscal que reparte los recursos del país. Está demasiado ausente el tema más rutilante: lo que le implicará a Cataluña quedar fuera de la zona euro.

Sus efectos no llegarían de inmediato pero llegarán. Cataluña es viable en lo económico por si misma a nivel cuentas públicas (es el 20% de la economía española) , pero el nivel de vida de los catalanes es mucho mejor dentro de la eurozona que fuera.

El nuevo país podría optar por seguir utilizando el euro de manera unilateral, pero sin ninguna influencia sobre su tipo de cambio ni sobre los tipos de interés. Un reporte de Credit Suisse dice que el euro se convertiría en una moneda extranjera cuya utilización podría encarecer sus exportaciones y mermar peligrosamente su competitividad y de ahí sus fuentes de empleo. El otro "país" en esa situación es Kosovo.

Además Cataluña quedaría fuera del Banco Central Europeo que garantiza la solvencia de la banca y que la supervisa. Entidades como Caixa o Sabadell podrían fusionar su riesgo privado con el riesgo soberano lo cual es una receta implacable para el cultivo de una crisis financiera en la cual el nuevo país estaría al margen de cualquier tipo de rescate. Los primeros perjudicados: los ahorristas catalanes.

No habrá para el nuevo estado fondos de inversión previstos en la UE para infraestructura (el año pasado recibieron 1400 millones de euros), tampoco respaldo de España ante su elevado nivel de deuda (60.000 millones de euros) ni ante el nivel de déficit catalán que hace tiempo supera las metas de Hacienda. Todos sus productos y servicios pagarán aranceles si comercian en la eurozona y la inversión extranjera lo pensará dos veces antes de establecerse.

Igual que el Brexit, el debate catalán, se da entre la racionalidad y la emoción. Los primeros son apáticos y no votan. Los segundos fuertemente movilizados. El desafío próximo de los estados es pensar qué mecanismos de salvaguarda ofrecen los referendums donde se somete a la voluntad de parte de la población la viabilidad de una nación. Reino Unido ya padece los efectos de los límites poco difusos de hasta donde puede llegar la voluntad general. España en este momento se acerca peligrosamente a la frontera del desastre.

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