Coronavirus
Si las cosas andan tan mal... ¿por qué no explota todo?
Por Silvia Saravia
A casi 150 días de estar cumpliendo la cuarentena, las ollas populares y los movimientos sociales vuelven a ser protagonistas de las calles. Es necesario promulgar un impuesto a las grandes fortunas y destinarlo a los más vulnerables. Argentina necesita un nuevo modelo productivo.

 Varias veces nos han hecho esa pregunta quienes no se explican todavía cómo es posible que en una crisis tan profunda como ésta se mantenga la paciencia.

Hay todavía respeto y temor ante una pandemia sin vacuna. Hay todavía una valoración positiva sobre la cuarentena como medida preventiva, aunque cueste sostenerla. Pero faltan acompañamiento y recursos (más y mejor distribuidos). Entonces las ollas populares resurgen, la mayoría hirviendo sobre madera encendida, para mostrarnos una vez más que el pueblo se organiza, y también debate su futuro.

¿Por qué no se avanza con el impuesto a las grandes fortunas? Con esa recaudación podría aumentarse el monto del Ingreso Familiar de Emergencia, y pasar al pago mensual ya que hoy no llega a cubrir el 28% de la Canasta Básica de Alimentos de una familia de dos adultes y dos niñes. ¿Por qué hay que someterse a los caprichos de los grandes proveedores que se resisten a vender alimentos a precio justo? Debería obligarse a que vendan en esas condiciones para abastecer comedores y merenderos comunitarios, y a la comunidad en general. ¿Por qué no se aumentan el Salario Social, la AUH y jubilaciones mínimas en la misma proporción que el aumento de la Canasta Básica de Alimentos? Como ejemplo, desde el mes de noviembre de 2019, el SSC perdió el 24,4% del poder de compra de alimentos.

No queremos que el (necesario) debate por la renta universal deje de lado la necesidad de discutir el empleo. Una cosa sin la otra solo será un parche, y saldremos de esta crisis padeciendo mayores niveles de desigualdad.

Mal que les pese a muches, el trabajo sobra: sin cloacas, agua corriente, red de gas, conectividad, red eléctrica segura, centros de salud con personal suficiente, espacios para la primera infancia, edificios escolares seguros, planes accesibles de construcción y reparación de viviendas... Hay mucho por hacer, si realmente queremos poner al trabajo/empleo en un lugar preponderante.

Podríamos reconocer los trabajos de cuidados, generando una red pública con empleos protegidos, validando económicamente el trabajo reproductivo. El mismo que en contexto de pandemia se ha jerarquizado, pero que aún se relega a las posibilidades de cada grupo familiar.

Podríamos implementar un modelo productivo soberano. Pymes, pequeños productores, economías regionales, recursos naturales, soberanía alimentaria. Todos ellos son temas ineludibles para pensar el ahora, y no dejarlos para la post pandemia.

Muchas ollas populares comienzan de manera espontánea para dar respuesta a la propia familia extendida. Otras surgen de la memoria colectiva ante las crisis, y hacen que la vergüenza inicial se transforme en resistencia para sostener la dignidad. Sin embargo, y como no hay que fiarse de la mansa calma, en algún municipio han salido a clausurar ollas bajo amenazas, con el argumento de que pueden ser focos de contagio... ¿Focos? ¿Contagios? ¿O será que cuando el pueblo se organiza, toma fuerzas para reclamar lo que le corresponde? Las fuerzas de seguridad deben hacer su trabajo y combatir el delito. Y no, como sucede muchas veces, hacer abuso de autoridad y de portación de chapa.

Hay allí una llama encendida por la solidaridad del pueblo, de vecinos y vecinas que tienden su mano. Los que todavía tienen ingresos aportan algo que hace falta. Los que no los tienen, salen por el barrio a pedir colaboración de los comercios cercanos. Y está también quien recibe la tarjeta Alimentar y compra algo para la olla común que, sabe por propia experiencia, dará un plato caliente a varias familias del barrio.

No hay que subestimar al pueblo que enlaza manos y sueños. 

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